
Domingo 23 de marzo 2025, 3° de Cuaresma
Lc 13, 1-9
Por: P. Ramón Tapia, Diócesis de Valparaíso.
DOMINGO 3 CUARESMA C.
DEJÉMONOS REMOVER LA TIERRA Y ABONAR POR EL SEÑOR
A propósito del evangelio y de tantas desgracias y terremotos que hemos sufrido los chilenos podemos caer en esa tendencia pagana a ver en la desgracia un castigo de Dios. Y culpamos a otras personas de los males o nos culpamos nosotros mismos y así nos quedamos con la idea de que Dios castiga.
Los sucesos trágicos no son castigos sino que son indicaciones que nos recuerdan lo frágil que es nuestra vida, fácilmente se nos puede ir, ninguna seguridad tenemos en este mundo. Cada vez que tiembla se nos mueve el piso recordando que esta tierra no es nuestra meta definitiva.
Pero también hoy en el evangelio nos habla de la higuera que no da frutos. El dueño al ver que no produce frutos manda cortarla pero el viñador pide paciencia, pide un plazo, un año más.
Ante la misma situación hay dos maneras de actuar: una con la violencia, la destrucción, la intolerancia y la otra es con la paciencia, con dar otra oportunidad. Nosotros a veces creemos que Dios es como el dueño y nosotros también lo somos: duros, implacables, impacientes, destructores.
Y no, la actitud del Señor es la del viñador: da un nuevo plazo, le removerá la tierra y la abonará. Eso mismo está haciendo Dios con nosotros en esta Cuaresma: nos da un nuevo plazo para nuestra conversión, para que demos frutos buenos. La cuaresma es un tiempo de conversión al Señor porque ninguno, yo el primero, está totalmente convertido. Ninguno vive el Evangelio 100%. Convertirnos es darnos cuenta que no somos muy cristianos, que hay zonas de nuestro corazón que son paganas. A veces tenemos ideas nada de cristianas: vengativas, prejuiciosas, de rencores, de violencia. Tenemos sentimientos malos que necesitan conversión. El que cree que no tiene nada de que convertirse es porque no se ha examinado bien. Los fariseos pensaban así y rechazaron y mataron a Jesús.
Cada uno de nosotros le interesa al Señor; su amor le impide ser indiferente a lo que nos sucede. Pero ocurre que cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien.
Nos va a remover la tierra; es decir, el Señor permitirá algunas circunstancias que nos moverán el piso de nuestra vida como el terremoto, o como falta de salud propia o de los seres queridos, nos quiere sacar de nuestra comodidad, de nuestros esquemas mentales, de nuestras seguridades falsas: el dinero, los afectos de los demás, las cosas materiales.
También nos abonará, el abono es muy bueno para las plantas pero está hecho de lo que se pudre, de lo que se bota, del estiércol; es ácido. El abono espiritual es la Palabra de Dios que a veces no nos gusta, nos incomoda, nos hace ver que nos falta mucho. También el abono espiritual tiene que ver con nuestros pecados y debilidades, si las reciclamos, las vivimos en Dios nos hacen más humildes, más aptos para recibir la semilla. El humus de la tierra, el abono tiene que ver con la humildad. Entrar en la humildad de reconocer que somos pecadores, pequeños, frágiles nos lleva a la conversión porque nos dice el Papa: “el corazón es el lugar de la sinceridad donde no se puede engañar ni disimular”
Recordemos lo que nos dice san Agustín:
Cuando un hombre descubre sus faltas, Dios las cubre.
Cuando un hombre las esconde, Dios las descubre.
Cuando un hombre las reconoce, Dios las olvida.

Por: P. Julio González C., Pastoral de Espiritualidad Carmelitana.
TERCER DOMINGO DE CUARESMA
(Año Impar. Ciclo C)
Lecturas bíblicas:
Abrimos nuestra Biblia y buscamos estas lecturas del próximo Domingo:
a.- Ex. 3,1-8.13-15: Yo soy me envía a vosotros.
b.- 1Cor.10, 1-6.10-12: La roca era Cristo.
c.- Lc.13, 1-9: Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.
– “Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas” (Lc.13,2ss).
El evangelio de hoy tiene dos momentos: la invitación a la penitencia (vv.1-5), y la parábola de la higuera estéril (vv.6-9). Luego de hablar de las señales de los tiempos (cfr. Lc.12, 54-59), le vienen a Jesús con la noticia, que Pilato había degollado en el atrio del templo a unos galileos, mientras ofrecían sacrificios. Lo más horrible es que había mezclado la sangre de estos galileos, seguramente zelotas que buscaban un cambio político, por medio de la violencia, con la sangre de los sacrificios. La muerte de estos galileos ocurre en tiempo de Pascua, cuando debido al aumento de los fieles, los hombres degollaban los corderos, y los sacerdotes derramaban la sangre sobre el altar. Era una verdadera profanación de los sacrificios lo hecho por Pilatos y su gente, mezclar sangre humana con la de los animales, una ofensa a Dios. La gente pensaba, que les había sucedido eso porque eran pecadores y Dios los había castigado. Jesús, les deja en claro, que esos galileos no eran más pecadores que los demás hombres, todos somos pecadores, reos del castigo divino. La necesidad de conversión es una urgencia, algo permanente. Jesús cita el caso de la torre de Siloé que cayó y mató a dieciocho personas: “¿pensáis que eran más culpables que todos los habitantes de Jerusalén?” (v. 4). Ambas situaciones, remiten al tiempo final, inaugurado por Cristo con la predicación del Reino de Dios; tiempo de conversión y penitencia.
– Les dijo esta parábola: “Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, fue a buscar un fruto y no lo encontró” (Lc.13, 6ss).
La parábola de la higuera estéril se salva de ser cortada y echada al fuego; se le da otra oportunidad, después de tres años de espera, por pura bondad de parte del dueño de la viña, sugerencia del hortelano. La imagen de la viña, ya había sido usada por los profetas comparándola con Israel: “La viña de Yahvé Sebaot es la casa de Israel, y los hombres de Judá son su plantío escogido” (Is. 5,7). La parábola, interpreta el tiempo de Jesús, la última etapa de tiempo que reclama de Dios Padre. El tiempo de Jesús y de la Iglesia, es el tiempo de la paciencia de Dios, porque el juicio es inminente; se ofrece la última posibilidad de conversión y salvación. Su obra es intercesión por Israel, acción intensa por conducir a Israel a la conversión. La penitencia, será siempre importante, como había enseñado Juan Bautista, que no hay que dejarlo para mañana, que hay que dar frutos de conversión con el cambio de vida y las obras movidos siempre por el amor a Dios y al prójimo, porque la conversión debe abrirse a la necesidades del otro. Será siempre el amor nuevo que trae Jesucristo, por medio de su Espíritu, el que nos mueva a dejar, negación, nuestra condición, para adquirir un bien espiritual mayor. Jesús, ofrece al hombre su amor, el sacrificio de su vida en la Cruz, su vida de Resucitado, para que consiga su salvación eterna. En ese sentido Jesús fue más allá que Juan, aun sabiendo que vendrá la caída de Jerusalén, antes ofrece su sacrificio pascual en la Cruz por Israel y toda la humanidad para que encuentren la salvación (cfr. Lc.22,32; 23,34). La Cuaresma, además de expresarse en la vida y en las obras, posee un Sacramento que hay que celebrar: la Reconciliación, el Sacramento del perdón, donde Dios nos reconcilia consigo y con el prójimo. La penitencia es camino de conversión, que señala, el cambio que se llevando a cabo en nuestro mundo interior, en dirección al Reino de Dios y sus valores.
Lectura mística. S. Teresa del Niño Jesús ora este pasaje evangélico. Desde novicia Teresa aprendió a hacer penitencia. Su inteligencia le enseñara que sacaba más provecho mortificando su amor propio. “Me aplicaba, sobre todo, a la práctica de las virtudes pequeñas, al no tener facilidad para practicar las grandes. Así, por ejemplo, me gustaba plegar las capas que dejaban olvidadas las hermanas y prestarles todos los pequeños servicios que podía. También se me concedió el amor a la mortificación, que era tanto mayor cuanto que no me permitían hacer nada para satisfacerlo… Claro, que, si me hubiesen dado permiso para hacer muchas penitencias, seguramente ese entusiasmo no me habría durado mucho… Las únicas que podía hacer sin pedir permiso consistían en mortificar mi amor propio, lo cual me aprovechaba mucho más que las penitencias corporales” (Ms. A 74v).
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