Reflexión Evangelio

Domingo 6 de abril, V Domingo de Cuaresma, Jn 8, 1-11

Por: Pbro. Ramón Tapia, Diócesis de Valparaíso

¿QUÉ HACER CON EL PECADOR?

DOMINGO QUINTO DE CUARESMA.C. San Juan 8,1-11.

Cuando miramos el mundo y también nuestra Iglesia y nuestro corazón encontramos el pecado, la falta, el error, el vicio.

Y vamos captando poco a poco que el pecado no es algo malo que se le ocurrió a Dios prohibirlo, sino que es algo que daña profundamente al ser humano, lo degenera, lo ensucia, le quita vida.

En el AT y también en otras religiones y culturas el pecado se destruye y se perdona, destruyendo al que lo comete. Jesús que mira el corazón y conoce el interior de cada persona busca siempre salvar al pecador, no condenarlo; viene a darnos oportunidades para salvarnos. El Señor distingue entre pecado y pecador: el pecado siempre es malo, al pecador siempre hay que salvarlo. Él nos salva  con su muerte y resurrección y nos ofrece gratuitamente la salvación.

Hoy vemos en el evangelio que ante Jesús no hay una pecadora, la adúltera y un grupo de hombres sin pecado. Sino que ante el Señor está la pecadora y un grupo de pecadores que no se dan cuenta de su pecado. No reconocen el pecado, al revés creen que están haciendo un bien, sacando de la vida a una pecadora.

Se han fijado tanto en el pecado evidente de la mujer, la han sorprendido en adulterio que se olvidan de sus pecados  y Jesús con su sabia enseñanza: el que esté libre de pecado que le tire la primera piedra, los hace mirarse a sí mismos y por eso poco a poco todos se van, empezando por los más ancianos. Con esta actitud reconocen sus pecados y botan las piedras que llevaban.

Hermanos apliquemos esta Palabra de Jesús a ustedes y a mí.

¿Cuándo somos como los escribas y fariseos?

Cuando andamos buscando pecadores por todas partes, echándoles la culpa a muchas personas. Cada vez que criticamos andamos tirando piedras.

Cada vez que condenamos a alguien somos fariseos.

Cada vez que nos creemos buenos, somos fariseos.

Cuando no miramos nuestros propios pecados, caemos en el fariseísmo.

Cada vez que queremos que destruyan a los delincuentes, tiramos piedras.

¿Cuándo somos como la mujer?

Cuando pecamos y lo reconocemos.

Cuando miramos nuestros pecados y no los de los otros.

Cuando sentimos la presencia de Jesús que no nos condena.

Cuando seguimos a Jesús que nos invita a no pecar más.

Miremos a Jesús misericordioso que viene a salvar a la mujer adúltera de la muerte y a los fariseos y escribas del asesinato. Libra a estos hombres de cometer otro pecado más grave que el de la mujer.

En nuestra oración, en nuestra conciencia esta semana volvamos a escuchar insistentemente la Palabra de Jesús: el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Que penetre nuestro corazón y espante todos nuestros juicios y condenas que hacemos con el corazón y con los labios. Que Jesús misericordioso nos haga botar las piedras de nuestras manos, de nuestra lengua y de nuestro corazón.

En el año del Jubileo de la esperanza la Iglesia nos invita a vivir el sacramento de la reconciliación: reconocer humilde y sinceramente nuestros pecados, acusarme de los pecados concretos y excusar los pecados de los demás. En esta Semana Santa que se acerca hagamos una buena confesión volviendo al Padre con la actitud del hijo menor: Padre pequé contra el cielo y contra ti.

Virgen María, Tú que no juzgas a nadie sino que nos miras con tus ojos misericordiosos, ayúdanos a tener un corazón como el tuyo para no juzgar a nadie y ver sólo lo bueno que tienen los demás. Amén.

Por: P. Julio González C., Pastoral de Espiritualidad Carmelitana.

QUINTO DOMINGO DE CUARESMA (Año Impar. Ciclo C)

Lecturas bíblicas:

Abrimos nuestra Biblia y buscamos:

a.- Is. 43, 16-21: Mirad que realizo algo nuevo y daré bebida a mi pueblo.

b.- Flp. 3, 8-14: Todo lo estimo pérdida comparado con Cristo, configurado, como estoy con su muerte.

c.- Jn. 8, 1-11: El que esté sin pecado que tire la primera piedra.

– “Mas Jesús se fue al monte de los Olivos. Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles” (Jn. 8,1-2ss).

Este evangelio nos narra la suerte de una mujer sorprendida en adulterio. Jesús después de predicar del agua viva (cfr. Jn.7, 37-38), se retira a orar al monte de los Olivos (cfr. Lc.4, 42; 6,12; 9,18; 11,1; 21,3738; 23,39-46). El pueblo vuelve a la mañana siguiente para dejarse enseñar por Jesús (v.2). Los fariseos y escribas le traen una mujer sorprendida in fraganti adulterio, la ponen en medio entre Jesús y el pueblo (v.3). El destino era la muerte, lo que le da un   carácter dramático al hecho, pero no era lo que importaba a los escribas y fariseos. Ellos la acusan, para desafiar a Jesús (vv.4-5). Ellos saben lo que haría Moisés, pero quieren poner a Jesús frente a Moisés y la Ley (cfr. Jn. 6, 30-31; 9,29). De ahí la pregunta que le hacen: “Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?” (vv. 5-6). Así como no tienen interés en la mujer, tampoco en el marido engañado, sino la posibilidad de encontrar incoherencias en el magisterio del joven rabino (v.6). El conflicto es fuerte y público, se esté desarrollando un verdadero proceso. El marido pedía la demanda de divorcio, y esto era concedido en forma automática, por motivos a veces insignificantes, el marido quedaba libre de la mujer, sin obligaciones para con ella (cfr. Nm. 5). El adulterio era considerado un pecado grave, por la Ley de Moisés; su castigo era la pena de muerte, la mujer era lapidada (cfr. Dt. 22, 22). El joven rabino, no sólo interpreta a Moisés, sino que es capaz de legislar como él. Si se pronuncia a favor de la aplicación de la ley, todo su discurso sobre la compasión y misericordia quedaría en nada. En ese contexto político, los judíos habían perdido la capacidad de aplicar la pena de muerte, la que queda en manos de la autoridad romana (cfr. Jn. 18, 31). Si se pronunciaba en contra, estaba en problemas: ¿se podía uno fiar de un maestro que ahora aplica la ley, el mismo, que se opone de muchas de sus disposiciones? ¿Dónde queda su autoridad como maestro ante el pueblo? Después de esto: ¿Dónde quedaban sus pretensiones mesiánicas? 

– “Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?” (Jn. 8,5-6ss).

Jesús no la condena, escribe en el suelo, se da tiempo para dar una respuesta sensata y rescata a la mujer de la muerte. Se puede interpretar su gesto de escribir en el suelo, así como Moisés escribió en la piedra, Jesús escribe su ley en la tierra; una ley que cuenta con la debilidad del hombre, capaz de arrepentirse y enmendarse desde su fragilidad. También se puede interpretar este gesto como indiferencia de parte de Jesús, decepción, por el procedimiento, trata de ignorar, lo que se ha hecho. Inclinado sobre el hombre, no ha venido a condenar sino a salvar. Dado que los fariseos insisten, Jesús se levanta, restableciendo el diálogo, y proponiendo, que quien esté libre de pecado, lance la primera piedra (v.7; Lev.24,1-16; Dt.13,10; 17,2-7). Si bien, no se sabe a qué pecado se refiere Jesús, seguramente se relacionaba a pecados del ámbito sexual; Jesús vuelve a su posición anterior, escribir en la tierra (v.8). Se necesitaban dos testigos, varones, para aplicar la pena capital, más que las pruebas, el testimonio de los testigos era fundamental. Uno de ellos, pronunciaba la sentencia, además tenía el derecho de tirar la primera piedra. La respuesta de Jesús, fue un ataque frontal a esa mentalidad; nadie se atrevió a tirar ni una sola piedra. Nadie pudo presumir de estar sin culpa delante de Jesús. Los ancianos se marchan, representan la autoridad y la tradición, quizás también el pueblo se marchó; ante Jesús carece de sentido su actuar. Su ley era de piedra, la suya era escrita en la tierra, es decir, en el corazón del hombre, que acepta a Jesús. Los acusadores, ahora se van como acusados.

– “Incorporándose Jesús le dijo: Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.” (Jn. 8, 10-11).

La mujer sigue de pie, y ÉL agachado sobre la tierra, quedan solos, como cuando lava los pies a sus discípulos, todo un Dios inclinado delante del hombre para ensalzar al pecador. Una vez solos, Jesús se convierte en Juez, luego de amonestarla, la absuelve, y la invita a no volver a pecar (v.9). La desdichada mujer, ha encontrado la encarnación de la misericordia de Dios, que la absuelve de su culpa, le devuelve la vida. Jesús se dirige a la mujer como un “tú”, y no como un “objeto”, que se convierte en alguien que entra en comunión con el rabino, al que denomina Señor, la invita a una vida nueva, cimentada en una relación justa con Dios. Clara alusión a la nueva alianza, anunciada por los profetas: ley escrita en el corazón por la fuerza y unción del Espíritu Santo (cfr. 2 Cor.3, 6-7; Jr. 31, 31-33; Ez. 36, 25-27). Su palabra salvó una vida; es la misión de Jesús, signo de la llegada del reino de Dios entre los hombres y mujeres pecadores hoy en su Iglesia.

Lectura mística. S. Teresa del Niño Jesús interpreta este pasaje evangélico:  Debido a un acto de impaciencia que sufrió Teresa, cuando esperaba un reproche de otra hermana de comunidad, sucedió lo que no esperaba. “Yo, que sentía en mi corazón una contrición perfecta, no acababa de creerme que no me hiciese ningún reproche. Sé muy bien que, en el fondo, le debo de parecer imperfecta, y si me ha hablado así es porque cree que me voy a morir; pero no importa, no he oído salir de su boca más que palabras dulces y tiernas, y por eso he pensado que ella es muy buena y yo muy mala…Al volver a mi celda, me preguntaba qué pensaría Jesús de mí, y al instante me acordé de aquellas palabras que un día dirigió a la mujer adúltera: «¿Ninguno te ha condenado?» Y yo, con lágrimas en los ojos, le contesté: «Ninguno, Señor… Ni mi Madrecita, imagen de tu ternura, ni mi hermana sor San Juan B., imagen de tu justicia, y sé muy bien que puedo irme en paz ¡porque tú tampoco me condenarás…!» Madrecita, ¿por qué será Jesús tan bueno conmigo? ¿Por qué no me riñe nunca…? ¡Sí, verdaderamente es como para morir de gratitud y de amor…!” (Cta. 230).

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